Antónimos: cura
Cosme Zacantti expulsa el ultimo aliento de fascismo innecesario desde la baranda del barco, su esposa Luna Gianni Dai a su lado, lo observa en silencio e imagina un futuro prospero en las nuevas tierras. En un puerto desconocido los arropan con inocentes burlas de contenidos espesos y tierras vírgenes. Él enseguida consigue ocupar sus manos con honestas riquezas, ella ocupa su cuerpo con un nuevo habitante. El inquilino inconscientemente trae descenso de la salud en su propietaria, Cosme en su inexperiencia hereditaria acude al párroco por una cura exorcizada. Tras sobredosis de inciensos y piedritas talladas de dudosa eficacia, el hombre religioso mira las velas y declara:
-¡La vida de la madre depende de la Luz!
Un atento testigo de este juicio toma a Cosme de su manga y le recomienda:
-Mi primo se recibió el mes anterior de medico, ¿no queres que lo llame?
El galeno Juan Carlos Petruzza finalizada la guardia del día domingo se acerca al domicilio de los Zaccanti para recetar a su entendimiento el más eficaz remedio. Escribe jeroglíficos en varios papeles con su nombre e indica donde queda la farmacia más próxima jurando que volverá cada semana para observar los avances de la paciente. El cura tras enterarse de la intervención del profesional también promete visitar a la paciente cada semana justo antes de éste para practicar su milagrosa cura.
Los meses pasan a la par de la mejora de Luna, tanto la medicina como la religión anotan en sus records personales este acontecimiento. Un día de esos que tiene el fantástico destino, la señora Zacantti empeora con desprendimiento de líquidos desde su entrepierna. Al inquilino se le había finalizado el contrato y el doctor y el cura asisten a practicar sus rituales de finalización de obligaciones. Al ser prácticas solitarias uno se interpone en el trabajo del otro, pero por intervención casual, el hombre religioso se siente exhausto y declara:
-¡La vida de la madre dependen de la Luz!
Mientras tanto el galeno toma la posta y practica un parto rápido y sin dolor. El niño nace en perfectas condiciones, y en la habitación de los Zaccanti estalla un maravilloso jolgorio napolitano. Todos los presentes se acercan al párroco y le agradecen eternamente su obrar, éste embelesado de elogios argumenta:
-¡Yo sólo soy mensajero de la Luz, todo el merito es de ella y nada más que de ella!
El medico en su oscura soledad junta sus herramientas de trabajo y murmura:
-¿Para qué carajo estudié 6 años?, me podes decir, bisturí.

